En la dimensión artística, la literatura primero y la cinematrografía
después nos han otorgado la visión de múltiples escenarios distópicos donde la
supervivencia del ser humano se ve amenazada por la aparición de diferentes
plagas y desastres que prometen la extinción de la especie y la mutación del
planeta en favor de la naturaleza, una especie de regresión a un estado
planetario primigenio de belleza desbordante, pureza en el aire y claridad en
el cielo, aguas cristalinas y animales recorriendo las ciudades desérticas con
total libertad y sin temor al peor de los primates.
Son cuantiosas las muestras que han dado la literatura y el cine como
expositores involuntarios de una especie de “periodismo de anticipación” que posiblemente
haya disfrazado de entretenimiento ficcional una lectura inteligente de la
realidad y una proyección llamativamente exacta de diversos sucesos
posteriores. Profecías que pueden basarse en el agudo sentido de observación de
autores geniales o en un sencillo ejercicio de la decepción y el pesimismo que
surge del mero reconocimiento de la historia de la humanidad con su proverbial tendencia
a repetir y fortalecer sus desaciertos sin terminar de reconocer su rotunda
fragilidad.
Si reversionáramos el tango Cambalache deberíamos decir que ‘la pandemia
nos ha igualao’ y nos ha invitado de mala manera a un supuesto encierro en el
cual, quizás, encontremos la libertad perdida en nombre del progreso. Pero el
COVID-19 no recorre en soledad los laberintos terrenales, hay otras pandemias
que también nos destruyen pero con formas más sutiles, amenazas a las que
tristemente nos hemos acostumbrado a tal punto de confundir el veneno con nuestro
alimento cotidiano.
Tal es el caso de la denominada infodemia, un proceso viral que inunda las
arterias comunicacionales con información maliciosamente falsa y que corrompe
los sentidos al punto de provocar en las personas reacciones contrarias a sus
propios intereses.
Los infectados de infodemia se reconocen por difundir ideas sin sustento,
frecuentemente disparatadas y que no toleran el más mínimo análisis. La
infodemia provoca el efecto de un espejo mentiroso en donde no se refleja lo
que existe sino lo que se desea y ese deseo mayoritariamente responde a la
falta de conocimiento o al gusto adquirido por el escándalo y el
sensacionalismo como productos de consumo mediático.
Las recomendaciones para combatir la infodemia - que es anterior al
COVID-19 y lamentablemente podemos prever que continuará vigente después que la
pandemia se disuelva - tiene algunos puntos en común con el virus que puso al
mundo en cuarentena. En principio hay que evitar la proximidad con personas
posiblemente infectadas por haber tenido contacto con fuentes comprobadas de
desinformación. Hay que tomar distancia, una distancia reflexiva frente a los
contenidos informativos que nos permita reconocer los síntomas de una noticia
maliciosa – síndrome de fake news – como la ausencia de fuentes comprobables,
autores inexistentes, redacción errática y con errores gramaticales llamativos;
entre otras cualidades negativas.
La proximidad con nuestros seres queridos puede ser riesgosa, es habitual
que la infodemia se propague entre nuestros contactos más cercanos en donde la
confianza en ellos permite el ingreso de la información falsa. El uso del
barbijo comunicacional nos permite protegernos y proteger a los demás de las
expectoraciones discursivas apócrifas, impulsos similares a una tos persistente
sin otra sustancia que el trascendido, el rumor y la falacia.
La infodemia, al igual que el coronavirus, suele permanecer flotando en el
aire por algún tiempo y por eso es necesario tomar todos los recaudos para no
quedar expuestos a sus efectos. Partículas que no se reconocen a simple vista, con
un poder de propagación muy importante y que requieren del análisis de
especialistas para ser reconocidas.
Pero no alcanza con la descripción diagnóstica, la enumeración de particularidades y el recuento de víctimas y efectos. Resulta imprescindible producir la sustancia que actúe como antídoto frente a la infodemia Por eso la recomendación es “no lavarse las manos” en este caso, no desentenderse ni considerar que la infodemia es parte de la lógica dinámica de uso de los medios y las redes sociales o que no se puede hacer más que enumerar casos y contabilizar contactos infectados. En tiempos en que lo viral se ha transformado en sinónimo de éxito, la tarea es instalar protocolos de acción frente a la información que se consume, acciones simples que pueden desbaratar la circulación de noticias maliciosas y purificar el aire en favor de todos.
En tal sentido estamos trabajando, desde las aulas y los espacios de
investigación, para conocer en profundidad las características de esta pandemia
desinformativa, para poner en valor el discurso científico por sobre las
suposiciones y los trascendidos, para devolverle al conocimiento el lugar que
los medios le quitaron en favor de la simpática ignorancia y reconfigurar el
rol del periodismo como recopilador y decodificador de hechos concretos ante la
sociedad y no como reproductor de mensajes que solo abastecen intereses
corporativos y privados.
Estamos en el peor momento, pero también
estamos en el mejor lugar.

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